Esas lágrimas que nadie recogió...

Y nunca me sentí más miserable que cuando supe que no tenía nada, ni dignidad ni dinero.
En los tiempos que yo vivía en los barrios de la clase media-baja de Amira (mi adolescencia) no solía vestir de gran cosa (ni siquiera en estos tiempos), siempre paraba con medias de diferente color y con algunas zapatillas pegadas a la suela ya que tenía una mala suerte de siempre sacarle esa parte con el uso. Ay Marcelito no puede ser que siempre esa parte de la zapatilla se salga. Pero Mamá no fue mi culpa. No te preocupes, en el mercado siempre esta ese robotsillo que los arregla. Está bien.
Aún recuerdo ese día como si fuera ayer, tenía una exposición para en ese entonces mis primeros ciclos en la universidad sobre la apreciación del arte actual, un curso que se introdujo al poco tiempo de haber ingresado y muy exigido por las universidad de arte. No me gustaba mucho la ropa formal y por ende no tenía una así que decidí contactar a un amigo, un antiguo baterista de una bandilla musical que tenía por ahí en mi adolescencia. Siempre pensó que yo era un imbécil sin personalidad ni futuro, siempre pensó que yo era un pobre diablo que merecía la compasión del mundo pero si estuviera acá le confesaría que nunca me conoció, que mis pensamientos e ideales nunca lo compartí con nadie y que el pobre diablo sin futuro ni personalidad que conocía era un alma sensible al arte y a la literatura clásica con una filosofía y una reflexión plena. El siempre tan elegante con su chaleco encima de su camisa y su pantalón de vestir, bien parado con una novia guapa y un trabajo fijo, con una nave media y con olor a nuevo. La vida le daba un camino de rosas que seguro por sus propios esfuerzos y un poquito de suerte construyo. Lo llegue a contactar después de un tiempo para que me pudiera prestar una de esas ropas formales que usaba la gente cuando hace algo importante. Si, si claro no hay problema pero tienes que venir hasta mi trabajo por el centro de Amira, en el Ovalo de la Esperanza como a las 8 de la noche. No hay problema estaré ahí.
Recuerdo que ese día me había gastado todo el dinero que mi madre me dio para mis pasajes (en ese tiempo aun dependía de mi madre económicamente) en copias de unos libros que necesitaba y sin darme cuenta en el momento en que tome la nave colectiva veo que solo tengo para el boleto de ida. Estaba estresado con todo el tema de la universidad, con su gente, con sus docentes, con sus trabajos y me dio igual el hecho que no tuviera dinero para regresarme. Bah le pido dinero y listo, siempre lo he hecho con mis amigos cuando estoy en aprietos, no hay problema.
Llegue al centro de Amira, hace varios años que no visitaba las lujosas calles de Ractiban y los grandes libreros de Zamabi, me quede admirando un poco sin emoción esas calles adineradas de Amira hasta que llegue con un ánimo ya de perros al local donde trabajaba mi amigo, lo llame. Si, ya estoy acá, baja por favor. ¡Ya bajo! espérame un ratito. Bajo, lo vi como siempre supe que estaría, con esa elegancia que describía. Oye ¿y que ha sido de tu vida ah? Nada pues acá ya me case. ¿Qué te casaste? ¿Cómo? ¿Con quién? Con la chica que trabaja conmigo aquí ¡te la presento ahorita mismo! -Parecía orgulloso de sí mismo- Se fue corriendo y trajo de aquella puerta una chica guapa, bien vestida con el cabello lacio y marrón. Bueno ella es Cristel mi esposa. Hola que tal mucho gusto. Si ¿y qué tal? Que te parece mi esposa. Pues está bien. ¡¿Como que está bien?! Digo felicidades, felicidades (no tenía un buen humor, recién me puse a pensar después en lo que había dicho) Mira nuestros anillos ¿bonitos no? Si, Si están preciosos. Oye ¿y esa copia? Ah pues son mis lecturas (respondí algo avergonzado) Este... Bueno me tengo que ir, tengo que estudiar mucho un placer Adiós. Adiós. Adiós. Al salir de esa conversación camine unos cuantos metro y después me acorde que no tenía dinero. Ya fuiste Marcelito. Cogí rápido el visuacomincador. Oye ¿Puedes bajar un ratito? te quiero pedir un favorcillo. Ya abajo le dije si tenía unas monedas porque me había quedado sin pasaje. ¿Que no trabajas? Ya pues Marcelito, cuando crecerás, mira acá hasta pagan bien por lavar las lunas -Bromeo- Saco de su bolsillo unas monedas y me las dio, era más de lo que le había pedido y me miraba con piedad. Adiós. Adiós. Seguí caminando y entonces mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas, me sentía avergonzado por haberle pedido dinero, me sentí avergonzado de que me mirara con misericordia. Camine un poco más y me quede sentado una pequeña banca de piedra cerca de un jardín gigantesco en el mismo Ovalo al frente mío estaba la librería Zamabi, una de las más reconocidas por sus grandes editores. Entre con mi copia en mano sin darme cuenta y revise algunos libros interesantes hasta que me di cuenta que algunos vigilantes me miraban con recelo, decidí retirarme rápido y volví al asiento de siempre. Allí fue donde mis ojos se empezaron a llenar más de lágrimas por la cólera de no poder tener dinero. Llore mientras la gente seguía caminando y entre los colores que mis ojos reflejaban veía personas elegantísimas -como si salieran de una fiesta- andar por ahí y entonces me mire. Vaya que desastre. Mire mis zapatillas que había recién pegado manualmente, mira mis medias de diferente color que ese día había olvidado de cambiar y mire mis uñas sucias. Nunca había llorado de la vergüenza, nunca había sentido la humillación sin que nadie me humille. Y en ese momento solo quería que alguien se acerque para decirme ¿Estas bien? miraba a la gente, les rogaba con mis ojos para que se acerquen como un mendigo pero nadie vino, nunca vinieron. Me paré y me fui con el cabiz bajo  mirando los zapatos brillantes de todos los que andaban por ahí ese día.
Marcelito, Marcelito, la suerte nunca jugo contigo sino contra ti.

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